domingo, 25 de enero de 2009

Una velada difícil.

Una velada difícil, no podía conciliar el sueño, me jugó una broma y se escondió de mí durante toda la noche, lo vine a encontrar cuando tenía que arreglármelas para salir de la cama.

En fin, medio moribundo corrí a mi cuarto, cogí el primer pantalón tieso que encontré, me zambullí en los zapatos y subí el escalón de la combi, ruta directa al café dónde una silueta siempre interesante y con nuevas historias me espera cada domingo. Domingos, siempre son días extraños, siempre los relaciono con el bochorno, con el excesivo calor; quizá muchos domingos viví en tierra de conejos donde el calor te fatiga hasta el sudor. No sé porqué pero los domingos siempre son más calurosos, quizá se deba a la corbata o la camisa manga larga dedicada especialmente para visitar a dios… no lo sé, no me hagas mucho caso.

Lo cierto es que los domingos son extraños, aunque te diré que de un tiempo para acá han tomado un traje sastre muy poético e incierto, pero olvídalo, te platicaba de la silueta que me espera todos los domingos por la mañana en un café. Cualquiera pensaría que en esas mañanas me veo con algún amante, no lo sé aún, sólo percibo que esa silueta tiene forma masculina, en fin, lo importante es que los domingos escucho una nueva historia que me deja por los suelos, me levanto de la cama sólo por esas platicas matutinas que definitivamente son mejor que estar atrapado entre las cobijas sin poder encontrar el sueño.

Hoy no fue la excepción, me dirigí a mi encuentro dominical, sabía que un aire de incertidumbre me acompañaba como sombra desde que abrí mis párpados desvelados y somnolientos.

Siempre estoy tan atento a cada palabra que sale de esa boca llena de cuestionamientos, pero hoy fue un domingo demasiado extravagante, escuche con atención los primeros veinte minutos, luego me robaron la atención, sentí una mirada penetrante que venía de las sombras, la busque por un buen rato pero no logré verla hasta que ella me lo permitió, digamos que yo la acose hasta que se dejo encontrar. Era una mujer blanca la que miraba mi perfil, una mujer como de unos treinta años, observe que no tomaba nada, en su mesa sólo servilletas y azúcar, ni un solo café, ni una sola cerveza; continué viéndola, ella agacho la mirada dando el banderazo de salida a un juego que duró casi dos horas, me veía, la veía, me evitaba, dejaba de verla, volvía a verme, volteaba la mirada y se me escondía, volvía a verla, ya no me estaba viendo, no la veía y me estaba viendo, en fin fueron tantas miradas que no recuerdo el orden.

Después de tanto jugar me pregunté, ¿Por qué me mira?, ¿Por qué es tan insistente su mirada?, ¿Ella también juega o quiere decirme algo?, en eso estaba cuando apareció un grupo de personas interrumpiendo nuestro juego de miradas, al poco descubrí que eran sus dos hijos, su hermana y su respectivo cónyuge, cruzaron un par de palabras y se la llevaron a una mesa donde perdí gran parte del contacto visual, al poco descubrí que sólo había sido su distracción mientras esperaba al entretenimiento que venía en camino.

En fin... deje de mirarla, al poco tiempo caí en un colapso desesperante, por primera vez no soportaba ya las palabras de la silueta poética, cuestionadora y dominical, mis piernas se movían cada vez más rápido, definitivamente de haberse podido hubiera echado espumarajos por la boca y hubiera muerto de un ataque, una obra de arte hubiera sido esa escultura moldeada por la epilepsia (creo, hubiera perfeccionado la forma de mi cuerpo).

Después de media hora de agonía nos despedimos de la silueta y marchamos los demás como pupilos, corrí sintiéndome salvado de la desesperación hacia una combi que me llevaría de vuelta a mi cama (que ingenuo, de haber sabido nunca hubiera subido en ese transporte).

Lo primero que vi al subir fue un hombre obeso que traía unas bermudas que parecían traje de baño, sus piernas gordas albergaban una raza entera de varices que saltaban diciéndome: te comeremos si te sientas a nuestro lado. ¡Uff! Sacudí la cabeza y me senté a un lado del hombre gordo (era el único lugar disponible), fingí olvidar lo sucedido pero algo me palpitaba en la pierna cada vez más fuerte, desde ahí ya no pude moverme y emblanquecí, trate de calmarme y quise distraerme viendo a las otras personas; ¡fue lo más horrible que haya visto!

Había un homosexual sentado a mi derecha, estaba muy serio y parecía inofensivo, después me di cuenta que se masturbaba mientras babeaba a chorros, entendí el porqué de la gotera que escuchaba tan insistente a un costado, asqueado vi dos señoras sentadas justo frente a mí, se veían tan normales hasta que les presté atención. Una de ellas era muy pequeña y sus pies calzados con una botas moradas de mal gusto no alcanzaban el suelo, sus brazos era muy cortos a comparación de su cuerpo, y sus pechos puntiagudos como criminales con pistolas, me apuntaban y temblaba de miedo. Ella al percatarse de esto comenzó a bajarse la manga del vestido viejo que llevaba puesto, no pude ver hacia otro lado, mi mirada estaba petrificada en lo que la anciana hacía; al poco descubrí que la piel se le caía a pedazos mientras tocaba con sus dos manos sus propios senos, cada vez lo hacía con más fuerza y me miraba insistente, yo sólo veía los pedazos caer uno tras otro. Para ese entonces estaba tan mareado que ya no podía mantenerme derecho, mi cabeza iba y venía de un lado para otro, el hombre gordo me empujaba, el homosexual me babeaba, era insoportable y no podía controlar mis extremidades. Casi a punto de vomitar escuche un murmullo que decía: Sé lo que piensas de nosotros, ¡te damos asco!, ¿Quieres vomitar?, ¡Vomita!, ¡Hijo de perra!; me contuve pero sentía el asco ir y venir por todo mi cuerpo, pasearse por toda mi garganta, un taladro me amenazaba con licuarme un ojo, me resistí hasta que no pude más y me encajó la broca en la sien; mis ideas y recuerdos empezaron a mezclarse, lo más triste fue ya no poder verte en mi cabeza; daba tantas vueltas que la fotografía que guardaba en mi mente se deformó hasta que quedaste irreconocible.

Mi amada… te fuiste, dejaste de existir en mi cabeza, sólo me quedaba un asco perpetuo, una indigestión inconclusa y un taladro perforando mi cabeza, me sentí solo, impotente e indefenso.

Parecía muerto.

Una niña sin piernas se columpiaba con las manos de los tubos de la combi, se apiado e hizo sonar el timbre, ¡en la parada por favor!, se escucho la flacuchenta vocecilla.

Abrí los ojos... veía amarillo, me di cuenta que me habían dejado tirado en el piso, me levanté cómo pude y traté de correr hacia mi departamento, me fui tranquilizando mientras me acercaba a mi hogar, todo se veía tan normal hasta que me salió al encuentro una mujer con unos senos que le llegaban hasta las rodillas, empezó a manosearme y grité (nadie parecía oírme) todos me ignoraron mientras un perro me masticaba la pierna, grite más y más; golpeaba a la señora, pateaba al perro y ninguno me soltaba.

Lloré como un niño y me soltaron, la señora montó en el perro y se escabulleron entre los fierros y llantas de un tráiler que se encontraba abandonado.

Corrí tanto en ese momento que ni siquiera me dio tiempo de ver las heridas que me arrebataban la sangre.

Oscureció.

De pronto vi los faroles y las rejas donde guardan los automóviles, sí, esas que están justo frente los edificios dónde vivo; poco a poco vi la escasa luz de mi farol preferido (el que está justo afuera de mi edificio), saque las llaves, abrí la pequeña portezuela de la entrada, subí las escaleras, azoté la reja de mi casa desesperado, abrí la puerta amarilla, entré, cerré la puerta color mostaza (amarillo) y vi mi casa a oscuras, platos sucios por todos lados, cabellos regados a manera de pasto por todo el suelo, un olor a quemado llegó a mi nariz, el silencio sepulcral se hacía presente, entré a mi cuarto muy espantado, ¡todo estaba de cabeza!, la ropa tirada; parecía como si alguien hubiera entrado a buscar algo muy valioso, rápido, revisé si el dinero de la renta estaba en una cartera que tengo escondida y descubrí que estaba vacía, con lágrimas en los ojos me dije:


¡El mundo está loco!



Pero mi casa…


Está tal como la deje.




(Sólo fue una velada difícil)









(c) Rafa Salinas

1 comentario:

Anónimo dijo...

WTF? SPOWNED??


a mi me parecio ver peco pecos en Teran, y una vendedora de jugo de uvas justo en el parque de la marimba, tambien pense que conseguiria una Evil Druid Card en la catedral de San marcos... despues de ese dia decidi dejar un poco la PC y dormir mas... pero bueeno. aqui estoy otra vez... a estas horas aqui.